Get well soon, Ricky

Lo siento Pepu, no soy un espectador fiel al baloncesto. Me divierte y me interesa ver partidos importantes, como la final de la Copa del Rey, la final de la ACB o la Final Four. Y si la NBA se disputara a un horario saludable me engancharía. Siempre he imaginado que si viviera en Estados Unidos no habría noche en la que siguiera la jornada con pasión. Pero no es el caso. Mi relación con el baloncesto ha vivido mucho más bajos que altos. El pico más grande de todos lo estoy viviendo ahora. La culpa es de Ricky Rubio, y a través de este texto quiero encontrar el motivo de mi adicción.

Jose Mendoza

“¿Vais a ver el debut de Ricky?” preguntaban en mi grupo de whatsapp de cabecera. No pensaba hacerlo porque llevaba mucho tiempo desconectado del basket. Pero era 26 de diciembre, estaba de vacaciones y mis amigos iban a comentarlo en directo. Y me animé. A partir de ahí, de la noche a la mañana, empecé a sacrificar horas de sueño para recuperar todo los años de baloncesto que había perdido. NBA, Euroliga, ACB, aplicaciones, youtubes, blogs y todo lo relacionado con este deporte que mi tiempo me permitiera seguir empezaron a formar parte de mi día a día y de mis conversaciones. Pero sobre todo, Ricky Rubio.

No sé si son sus pases, su magnetismo o la forma que tiene de sonreír cuando juega, pero el caso es que Ricky engancha. Me ha atrapado a mí y a los aficionados de una franquicia a la que ha reactivado con la ayuda del beach boy Kevin Love. Me ha descubierto a uno de los equipos más carismaticos que he conocido en mi vida. Desde el buenazo de Pekovic con sus pintas de convicto de los balcanes hasta el fumado de Beasley, pasando por la mejor pareja cómica que he visto en siglos, Anthony Trolliver y Darko Milicic. Me divierto mucho viendo a los Minnesota Timberwolves y eso se lo debo a RR9. Ahora cuando suena el despertador lo primero que hago es mirar qué han hecho los Timbertrolls y comprobar los números de Ricky. “Vaya, necesita mejorar su tiro”, me digo antes de seguir durmiendo cinco minutos más. Después, ya en pie, me enfado con Willy Sagnol porque se mete con él y me molesta, porque Fricky Rubio me tiene ganado y sospecho que a él también. Luego viene Jose y me pica llamándome Ricky, que ya va siendo hora de que me corte el pelo y de que me pase la cuchilla, aunque en el fondo me gusta el mote pero no se lo digo. Ya al final una tarde me sorprendo en el Corte Inglés probándome la camiseta con el 9 a la espalda y me lamento por tener estos brazos tan flacuchos. La Rickymanía se ha apoderado de mí y ya no hay vuelta atrás.

Se convierte en una dulce rutina. Cada noche veo que las cámaras le siguen, que los comentaristas del streaming no paran de largar maravillas sobre él, que lo juega todo, que el Target Center canta su nombre al ritmo de RU-FI-OH y que sus compañeros le adoran. Hay una escena que se repite casi todos los días: Rubio hace algo, una asistencia, una falta, una canasta, y Kevin Love va por detrás y le alborota el pelo. Ya sea un “bien jugado” o un “no pasa nada”, da igual. Lo hace casi siempre y me hace sentir bien. Me alegro y me emociono porque lo siento como mío, pero no es así. No es así porque echas un vistazo a twitter y ves que la gente quiere a Ricky en todos los idiomas: inglés, francés, italiano y hasta algo que parece islandés pero que no me voy a parar a comprobar; y es que el chico no es mío ni nuestro, el baloncesto de Ricky es universal y en todas partes lo sienten como propio.

Ayer, tras una noche de esas largas, llego a casa y leo que se ha fastidiado la rodilla. Como Alba Torrens y como el otro jugador al que más minutos le he dedicado este año, Raül López. Dicen que tiene mala pinta y que puede perderse la temporada y los JJOO. A las 16:00 dan el diferido y lo veo entero, pero esta vez no es como las otras. Sé que el del Masnou ha hecho un partidazo pero la angustia no me permite disfrutar. Oigo a Daimiel y a Sánchez hablar del impacto que ha tenido en la liga, de que van a traspasar a Gasol y de que los Timberwolves se contagian del descaro de Rubio pero yo sólo quiero que me cuenten qué dicen los resultados de la resonancia. El último cuarto se convierte en una agonía. Se va a romper y sé cuando lo hará. “No, no hagas la ayuda sobre Bryant”. Crack. Quedaban 16 segundos de partido y Minnesota iba por delante. Al final pierden, pero ya da igual. Se confirma lo peor y estará entre seis y nueve meses de baja. Uff, a ver cómo vuelve. Pienso que es mucho tiempo sin Ricard y me inunda un sentimiento de aflicción brutal. Me pongo triste y quiero hacer algo pero no sé el qué, así que me pongo a escribir.

Get well soon, Ricky.

Recomiendo (I): Ricky y yo    

Recomiendo (II): Informe Robinson

Recomiendo (III): Cuando mejor volabas, Ricky

Recomiendo (IV): We love Ricky

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  1. miguelb

    Gret, as allways.

    Y no me refiero sólo a RR.




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