Fiesta American Pie

Esta noche voy a algo llamado FIESTA AMERICAN PIE, que suena mucho mejor que FIESTA PROJECT X. Porque ahora siempre que hay un guateque tiene que ser “rollo Project X”, si no parece que no vale, que no estará a la altura.

– Oye, que voy a dar una fiesta…

– ¿Tipo ‘Project X’?

– No, una fiesta normal. Bebida, música y a lo mejor compro ganchitos.

– Ah, ya… Bueno, lo tengo que mirar, no sé si he quedado.

– Pero si no te he dicho cuándo será.

– Ya, tío, pero… es que no me tira.

– Habrá tías.

– ¿Como las de ‘Project X’?

Todo apunta a que amaneceré rodeado de Nadias exhibicionistas y de pechos turgentes y, con suerte, alguna despistada madre de Stifler, “la mamá más icónica de América” según un crítico cinematográfico que no vio ‘El Graduado’. Será la hostia: Alex será Oz, el cachas, Marcos una mezcla entre Culofino y Sherminator, Pablo está tan loco como Stifler y oh, mierda, me toca ser el fracasado de Jason Biggs. El que mete la polla en la tarta y eyacula prematuramente dos veces consecutivas. Sí, el judío al que se le queda pegado el pito a un calcetín. No importa, la felicidad es inversamente proporcional a la talla del bikini y espero ser inmensamente feliz esta noche. Nada puede salir mal: piscina, mujeres, puede que marihuana, bromearé con los del equipo de lucha grecorromana, le propondré a Sally P. ser mi novia y pienso liarla mazo metiendo alcohol en el ponch…

– Tolo, despierta, que es en un bar. – Me frena Pablo.

– No jodas.

– Sí, tío. 10 euros de entrada y se ve que hay que ir vestido de ‘American Pie’.

¿Vestido de “American Pie”? ¿Qué cojones es eso? Pero si en la peli son tíos normales. ¿Tengo que pintarme granos en la cara? ¿Llevar una camiseta de Pokémon y explicar que voy de virgen? En serio, este tema me preocupa. ¿Qué hago, Pablo? ¿QUÉ HAGO?

– No sé, me dijeron que las tías irán de colegialas, por ejemplo.

– ¿Colegialas en plan guarri?

– Sí.

– No lo entiendo. ¿Hablamos de un concepto abstracto que lo engloba todo llamado “American Pie”?

– No sé, supongo que irán en shorts y camiseta de tirantes, como siempre.

– Pero eso no es de colegiala. Los bares, perdón, clubs, que estamos en American Pie, están llenos de chicas en shorts y tirantes.

– Ya me entiendes. Sara me contó que los tíos se vestirán con camisetas de basket o de nerds. De frikis, vamos.

No sé si alguien más se ha dado cuenta pero últimamente los locales están llenos de varones enfundados en camisetas de baloncesto. Al principio era una práctica llevada a cabo por un reducto social que ansiaba gritar al mundo que tomaban batidos y ensaladas de pavo a punta pala y por los fanáticos de verdad, pero ahora se ha extendido a todo el mundo. Altos, bajitos, ciclados, enclenques, ajustadas casi enseñando ombligo y en plan camisón para dormir, de todos los colores. Pronto nos impedirán el acceso a las discotecas sin camisa o polo, sin zapatos de vestir pero adelante si vas con tu camiseta de los Knicks. “Ey, Carmelo, no te había visto. Pasa que dentro están Lebron, Dirk, Ray y toda la peña. Hay uno con la de Ewing, un hipster de esos”.

Sobre lo de “ir de friki”, en 2007 Nacho Vigalondo describió el fenómeno del vocablo tal que así:

Freak”, un término con bastante historia detrás, con un contenido muy específico y concreto, de la noche a la mañana lo significó TODO. Cualquier cosa era “freak”, “friqui” o una “frikada”. Los tebeos de Spawnson una frikada, pero también lo es Un perro Andaluz o Lost. Leonardo Dantés es un freak. También lo es Warhol o Michael Jackson. Y cualquiera que se compre el pack de El señor de los Anillos, dirigidas por Peter Jackson, ese friqui. Como Pocholo, otro friqui. Fíjense qué lio.

Vaya cuadro. Cuatro memos dispuestos a cruzar la isla de punta a punta (porque esa es otra, el condenado pub está en Alcudia) para ir a un bar normal y corriente que celebra una juerga temática cuya materia resulta ser normal y corriente.

– Pablo, al menos la música será punky patinete para dar saltos en plan NOFX y estas cosas, ¿no?

– Creo que ponen reggeaton.

Tampoco vamos a hacer un drama de esto. Al fin y al cabo, en América no tienen botellón.

Ayer fui a la fiesta estilo ‘American Pie’ y no estuvo mal. De hecho, estuvo bastante bien lo cual es una desgracia porque una historia de gente pasándolo pirata no da nada de juego. Esperaba un ‘American Pie’ a la altura de las que salieron directamente en DVD pero la de ayer mira a la cara a Reunion y a la tercera de la saga. Me desplacé hasta la otra punta de Mordor con la esperanza de que la noche fuera un absoluto desastre y así después escribirlo en internet, donde permanecería eterno hasta el día en que mis futuros hijos se buscaran en Google y comprobaran lo estúpido que era su padre. Serviría para enseñarles una experiencia vital y les advertiría para que no cometieran los mismos errores. Soy un tío práctico.

Pero no, la puta fiesta tuvo que molar. Y eso que al principio pintaba fatal, para empezar no sabía de qué caracterizarme. Todo el mundo sabe que la gente pasa de estas cosas y no quería dar demasiado la nota, así que no era fácil. No tenía nada relacionado con el hockey ni el fútbol americano y lo que en América es un simpático amigo rapero aquí es un Latin King. Resolví el dilema con una camiseta de Sonic y unas gafas viejas de mi padre a las que quité los cristales a base de relojazos. Destrocé una reliquia de mi progenitor arriesgando el funcionamiento de un reloj de los caros y eso que aún no había empezado a beber. Los anteojos sin vidrios me otorgaban un look muy Peter Parker y también muy gilipollas profundo y sin solución. Todavía no me explico cómo me saqué la E.S.O. El botellón tampoco ayudó a sentirme más inteligente ya que nuestra intención era beber en medio de una avenida iluminada, llena de bares y restaurantes y justo enfrente de la discoteca a la que pretendíamos ir. En un momento aislado de lucidez a alguien se le ocurrió que quizás no era la mejor idea del mundo y nos movilizamos en busca de una nueva ubicación. Montamos el campamento enfrente de un estanque artifical no iluminado cuyo chorro desprendía un sonido que invitaba a dormir abrazado a un osito de peluche y con el edredón hasta arriba, a pesar de los 87º del verano mallorquín. El bajón era tal que si alguien hubiera puesto el segundo disco de Coldplay nos hubiéramos cortado las venas allí mismo, que la adolescencia es dura y no se acaba nunca. El botellón se nos hizo largo como una novela de Ken Follet pero al final lo conseguimos y fuimos al lugar donde transcurría el evento, que se llamaba Bananas. “Ah, por la peli de Woody Allen, qué guay”, le dije al tío de la puerta pero no, lo bautizaron así porque quedaba bien y punto. El sitio era enorme, de dos pisos, tenía una terraza chulísima y hacia el final pusieron algunos hits con mi aprobación de Nirvana y Blur. Además, estaba lleno de tías. No sé si eso era una fiesta “American Pie” pero estaba claro que nosotros éramos Supersalidos.

En la cola de la entrada ya empecé a sentirme ridículo por el tema de las gafas sin cristales. No sabía si ponérmelas o quitármelas, “a ver si van a pensar que soy subnormal”, pensé, y tomé la decisión salomónica y cobarde de colocármelas y retirármelas a cada pocos minutos. Efectivamente, más de uno pensó que algo no funcionaba bien en mi cabeza. Repetí el movimiento de quita-gafas, pon-gafas durante toda la noche, sobre todo si localizaba a una chica que me gustara. Las fraudulentas lentes me quedaban bastante mal y sentía la imperiosa necesidad de demostrar a las chicas que disponía de sentido del humor, que las conquistaría a través de la risa y que les arrancaría sonrisas durante esos días del mes. La manera de demostrarlo fue metiéndome los dedos en los ojos por donde debería ir el vidriado pensando que sería divertido pero sólo era raro. Aunque lo peor no fue mi exigente e incomprendido sentido del humor, lo más fatídico de todo es que cuando te disfrazas de nerd la gente te ve como un nerd, así que no se me acercó ninguna animadora, colegiala, vendedor de limonada ni nada que poseyera estrógenos.

El alcohol cumplió su función y empecé a verlo todo a través del prisma de un estudiante de instituto usamericano. La ambientación ayudaba: las camareras iban de animadoras, las camisetas de NBA daban el pego, no era el único con gafas falsas y alguna se atrevió hasta con los pompones. Organizaron juegos de chupitos mil veces vistos en la comedia teen e incluso vendían palomitas (?), a las que yo me empeñé en llamar popcorns durante toda la noche y corregía al que no se refiriera a ellas de este modo. Pablo-Stifler sugirió que fuéramos a robar cubatas y a bebernos los culos que iban dejando sobre las mesas, propuesta que consideré brillante y que perfeccioné con mi aportación de hurtar también alguna caja de popcorns. Disfruté en modo gourmet de mis crispetas de maíz afanadas hasta que me topé con una materia desconocida y de extraño sabor en mi boca. Alguien había utilizado el recipiente de cenicero. Sí, lo sé, es asqueroso, pero me había salido gratis. Poco después conocí a un portugués y a un francés muy joviales que habían venido juntos. Les hablé de fútbol, porque es lo que hace un español cuando departe con guiris. Siempre he dicho que la mejor escuela de idiomas es la bebida y ayer me sentía con la suficiente labia como para que me admitieran en el Club de debate, así que fui raudo al abordaje de una inglesita monísima. Yo sólo quería llevarle los libros y apoyarme en su taquilla, pero o no había visto la primera de ‘American Pie’ o escogí las palabras equivocadas. El caso es que me llevé un tortazo por preguntarle si en el campamento musical se metió una flauta por el coño. La gente no tiene sentido del humor.

Y está feo pegar a alguien con gafas.

PD: Del resto de la noche no recuerdo mucho pero diría que moló.

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  1. Muy grande, avisa para la próxima ;)




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