El cromo de Raúl

Cromo RaúlAhora si vas a un patio de colegio te encuentras a más de un niño con el iPhone, lo juro, pero en los noventa lo que se llevaba eran los tazos, las peonzas, los blandliblus o los putos gogos, depende de lo que dictara la moda del momento. Y cromos. Siempre había cromos. Bendito coleccionismo de estampitas futboleras, ponte ahora a completar un álbum, lo caro que sale. Sile, sile, nole, sile. Había dos cromos que valían más que el resto: el de Rivaldo y el de Raúl, que nunca tocaba. Abrir un sobre y que te tocara el de San Cristóbal de los Ángeles era motivo de euforia descontrolada, de invitar a chucherías, de esnifar Peta-Zetas, de comprar Bocabits y regalar la calcomanía. Mira que Raúl era un niñato que se bebía hasta el agua de los ceniceros y que estaba ahí por la moña que tenía, pero su cromo lo petaba más fuerte que ninguno. Caray, es que Raúl. Pim, pam, driblo al portero, pum. Cucharita. Con el Moro. Atento al saque de banda. A callar todos. Luego se paraba la liga y venía Yugoslavia. Pum, el Ferrari. Tirar del carro. De rebote, de empujarla. Una vez en clase de catalán o matemáticas, qué importa, un estruendo terrible que provenía de la clase de al lado interrumpió la amodorrada sesión y tuvimos que salir para enterarnos de si todo iba bien. Iba de lujo, aguanís mediante. A los vecinos les dejaron escuchar la Intercontinental y celebraban el gol de Raúl, que había marcado mientras los demás rapábamos en Lectura o en Inglés, que más da. Un fenómeno, el Siete. A mí el Madrid como que no pero “venga, Raúl, lo importante es disfrutar”. Mi primera colección de cromos fue la del Mundial 98 y el de Raúl lo tenía. Para esa, Zubizarreta.

Ya con el cambio de siglo dejamos de coleccionar cromos y nos pasamos a las trading cards, que eran una basura pero algún espabilado nos convenció de que molaban más. Éramos unos modernos, qué se le va a hacer. Las trading cards carecían de parte adhesiva y eran de un cartón finito que enseguida se doblaba, pero venían con una valoración de las cualidades ofensivas y defensivas de cada jugador y podías competir contra otros niños hasta machacarlos con tu sobrevalorada carta de Amavisca. Poseer la carta de Raúl dejó de ser algo excepcional y, mientras yo me ofuscaba al ver las incipientes greñas superguarras del 7 blanco, los demás niños centraban su ira en el anónimo iluminado que decidió poner las virtudes de Raúl casi a la altura de Dani García Lara o Víctor Sánchez del Amo, que tenía su rollo, pero dónde vas, quita, quita. Había uno que de tan raulista modificó los atributos ofensivos de Raúl con rotulador permanente subiéndolos hasta el 9, cuando el máximo era 6 o 7, y a todos nos pareció bien que lo usara en las partidas porque, joder, era Raúl, hagamos justicia. Muchos ni nos dimos cuenta pero ahí empezó su silencioso declive y a medida que le crecía la melenilla le costaba más disimularlo. Ahora lo sé, las trading cards lo quemaron. Al año siguiente alguien empezó a jugar al Snake en su Nokia 3310 y los demás nos pusimos a mirar, dejando atrás los cromos y la inocencia.

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  1. ¡Buen domingo! Te he nominado a un premio Liebster, un galardón que se entrega entre blogs, pásate por aquí para participar http://escritordecarbon.wordpress.com/2013/10/27/liebster-award-para-el-minero/ Espero que te animes, es una forma estupenda de conocer nuevos blogs. ¡Un saludo desde la mina!




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