Boyhood

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El Rívoli es un cine pequeño y viejo, mellado por el paso inescrutable de los años. Su desgaste manifiesto no le resta ni un ápice de majestuosidad, sino todo lo contrario; el tiempo le ha otorgado un encanto imbatible respecto al resto de salas de Ciutat. El neón de la marquesina, el ordenador obsoleto y las vestimentas ajadas de los empleados funcionan como cápsula del tiempo, como emplazamiento de una resistencia estoica por conservar el momento en una época frenética en la que lo nuevo nace desfasado. Su condición anacrónica convierte al Rívoli en el lugar ideal para ver Boyhood, una película rodada a lo largo de 12 años que emplea el tiempo y la memoria para hablar a corazón abierto de lo más bello e indescifrable que existe: la vida.

Conmigo el visionado de Boyhood funcionó a dos niveles: por un lado, no perdí detalle de lo que pasaba en la pantalla. Con devota fascinación, intenté absorber todos los detalles que Richard Linklater ha volcado de manera cuidada en el celuloide. Por otra parte y de forma simultanea, no pude parar de identificar las vivencias de Mason con diferentes instantes de mi vida, como si la película fuera un espejo de mi historia. Con Boyhood, mientras uno ve, recuerda. No fui el único que se sintió emocionalmente atado a la narración, a tenor de cómo se erguía cada vez más la cabeza que se me sentó delante; puedo jurar que iba creciendo al mismo ritmo que el protagonista de la película. Linklater es lo suficientemente hábil para conmover a todo el mundo sirviéndose de la memoria, pues la cinta recorre caminos por los que quien más y quien menos ha transitado, especialmente  los millenials -ya sabéis, la generación que ha crecido junto a Goku y Harry Potter y que no acaba de llegar a adulta, en parte por esta puta crisis y por mil movidas más-. Esos momentos de una vida a los que hace referencia el título español desprenden una naturalidad y profundidad genuinas, prescindiendo de cualquier tipo de artificio. Ni siquiera necesita recurrir a momentos trascendentales que provoquen cambios en los personajes. No hay arco de transformación ni grandes revelaciones, ni siquiera demasiadas respuestas. Sencillamente hay tiempo.

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La gente flotaba a la salida del viejo Rívoli, justo al finalizar la proyección. No se escuchaba un alma; apenas un ligero rumor y algunos monosílabos desorientados. Contagiados por la belleza etérea que envuelve la película, algunas parejas se besaban mientras otros exhalaban hondo. Me pasa que cuando contemplo algo realmente bello me invade una emoción pura que hace que sienta mi cuerpo como un extraño. Tras esos instantes de embriaguez, empecé a sentirme más y más pesado. Me asaltó la incertidumbre y me pregunté si estaba aprovechando mi vida, si lo estaba haciendo bien. En la película a Mason le preguntan de forma recurrente si ha acabado los deberes, a lo que el chico responde siempre que “casi”. Al final eso es la vida, un continuo proceso de casis a medio hacer. Un montón de momentos en el tiempo.

Llegados a este punto, me lié un cigarro y regresé a casa mediante un largo paseo; consciente de que ese momento no sería Historia, pero sí permanecería en el tiempo.

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